dimarts, 2 de febrer del 2010

POEMA

Tú, noche, que a mis cantos amorosos
fresco silencio y atención prestaste.
C.de Torrepalma.

El comienzo de la imaginación

Cuando partí de excursión, Munich se hallaba iluminado por un bello sol, y el aire estaba lleno de la alegría de comienzos de estío. El coche se movía ya cuando herr Delbrück (el propietario del hotel "Las Cuatro Estaciones", donde yo me había alojado), corrió hacia mí para desearme un feliz paseo; luegos, con la mano en la portezuela, se dirigió al cochero:



-Llévelo a casa... Que pueda observar nuestros magníficos paisajes por el camino... -le dijo con una gentil sonrisa que el cochero imitó.

Fue una buena idea salir de casa. Dejar a un lado la depresión y angustia, o al menos guardarla, camuflarla e intentar seguir con mi vida.

Lo necesitaba. Necesitaba huir de mi hogar; de aquel recinto colmado de recuerdos y momentos... Después de perder a Mina, me encerré demasiado en mi mismo, y mi mundo interior aumentó desmesuradamente.

Estoy observando los majestuosos árboles, el cielo oscuro y la luna amarillenta que asoma por la ventanilla del coche. Aún recuerdo la sonrisa de Mina en mi mente, sus ojos oscuros y la risa alegre que me regalaba en vida... Y mi corazón escuece al saber que un día la olvidaré; porqué el tiempo es más poderosos que los recuerdos, y también que las personas.
Te consume. Te consume como a mí me esta consumiendo la meláncolia y tristeza al no tenerla.
Recuerdo, por desgracia mía, la última mirada de Mina; la última vez que me miró con ojos iluminados. Allí, tendida en la cama, con extrema pàlidez, labios cortados, peo la misma sensatez y senzillez de siempre...

"Promete que seguirás adelante, Jonathan" me dijo. Me lo exigió, pero a la vez con ojos suplicantes. Yo no podía parar de llorar, mientras ella sólo esperaba paciente mi respuesta. Mis lágrimas mojaban sus mejillas, e intentaba convencerme que ella también era tan débil como yo. Pero no lo era. Nunca lo fue; y en aquel momento tampoco lo era.

"Te lo prometo, princesa" dije con voz entrecortada, cerrando los ojos, deseando que sólo fuera una dura pesadilla... Los abrí.
Y la realidad se encaraba contra mí. Mi cruel realidad.
Sus ojos estavan abiertos, però no conservaban su luminosidad.

Mina ya no estava conmigo.

El final múltiple |

Un final diferente


...El conde estaba mortalmente pálido, como una imagen de cera. Sus enrojecidos ojos poseían la espantosa mirada de la venganza, que yo tan bien conocía.

Mientras le contemplaba, sus ojos distinguieron el Sol declinante, y su odiosa mirada lanzó un destello de triunfo.

Me estremecí, paralizada, intentando moverme para coger el cuchillo de Jonathan, que se hallaba en el suelo.

Jonathan también permanecía pálido como yo, aterrado.

Su mano temblava estrepitosamente. Intentaba mover un pie para coger el objeto que acabaría con el conde, pero no pudo.


-¡Ahora! ¡Acabad con él! ¡Que el miedo no os venza; que ese monstruo no triunfe! - gritaba desesperado Quincey.

El sol se escondió tras las montañas, y Drácula rió maliciosamente, enseñando sus duros y largos colmillos.

Sus ojos brillaban y se volvían sadientos de sangre.


-¡Maldita sea! ¡Ser de la más oscura noche, desaparece y no vuelvas a interponerte en nuestras humildes vidas!- gritó rabioso Quincey, acercándose al cofre con una estaca, mientras el conde no paraba de reír.


El Sol desapareció, y la oscuridad reinaba poderosa sobre las colinas y nuestros débiles corazones.

Drácula se levantó con destreza del cofre, cogiendo la estaca de la mano de Quincey y clavandosela en el corazón.

Quincey ni siquiera emitió un grito de dolor o el suspiro de la muerte. Simplemente cayó, tendido en el suelo, con la boca medio abierta, el pecho asangrentado con la estaca de madera y los pulmones sin aire.


El conde rió divertido, tapándose la boca y medio cuerpo con la larga capa oscura:


-Descanse en paz y vaya con su noble Dios, amigo...-

Susurró suavemente con cinísmo en la voz.


Van Helsing, Arthur y el doctor Seward cayeron al suelo impresionados, temblando por sus miserables vidas.

Jonathan permanecía estático y yo a su lado.



-¡Sean bienvenido a mi mundo otra vez, amigos míos!-